lunes, 21 de agosto de 2017

DESTIERRO




La noche ha caído. La mar calmada
a las tinieblas se entrega. Al amparo
de su velo la luz de un viejo faro
subyuga entre recuerdos la mirada.
A lo lejos el cielo al agua espera;
a lo lejos mi herida alma quisiera
perderse en la distancia de la nada.






















viernes, 4 de agosto de 2017

CONFIESA A UNA MUJER EL SENTIR QUE SIEMPRE LE OCULTÓ ESTANDO PRÓXIMO A MORIR





El son oír podrás de aquel secreto
que consumirá la Hora1 en llama fría,
cuando vuele mi aliento al nuevo día2
en que al sosiego entrega el pecho inquieto3.

Allí vencer verás el arduo reto
que el Tiempo malhechor a mi ansia hacía,
y alzar al alto cenit mi alegría
del Hado quebrando cruel decreto4.

Mi amor, de mis días arcano hiriente,
por fin adornará el pensil marchito5,
y buscaré a Caronte6 en la distancia7.

Mas feliz iré a la infernal corriente8,
pues en tu mirada dejaré escrito,
el verso guardián de tu ignorancia.


Fernando Fajardo


___
1- la Hora: alegoría de la muerte.
2- nuevo día: alegoría del más allá.
3- en que al sosiego entrega el pecho inquieto: el verso es alegoría del descanso eterno. También en el verso se ha usado elipsis (en que al sosiego [se] entrega el pecho inquieto).
4- cruel decreto: alegoría de las circunstancias que obligaron al amante a ocultar su amor.
5- pensil marchito: alegoría del espíritu atormentado por un amor que no pudo revelar.
6- Caronte: también Carón; el barquero que en la mitología griega atravesaba las almas de los muertos a la otra orilla de la Laguna Estigia.
7- distancia: alegoría de la muerte.
8- infernal corriente: alegoría del río Lete o Leteo, el cual debían atravesar los muertos para ingresar en el hades, y cuyas aguas, al ser bebidas, hacían olvidar a las almas el camino de vuelta para que así no pudiesen regresar a la vida.





 





 

martes, 1 de agosto de 2017

A UN ÁRBOL SOLITARIO





Altivo en la montaña
se eleva un árbol en la cima añoso.
La luz de un nuevo amanecer le baña
y le muestra del tiempo victorioso,
pues, reinando en agrestes soledades,
contempla el transcurrir de las edades.


Entre las peñas duras
el silencio se hermana con los vientos.
Acaso, refugiado en las alturas,
al amor de su sombra los acentos
dolientes de un poeta alzan el vuelo
y en suspiros se pierden en el cielo.


En su regazo umbrío,
seno que desafía al sol ardiente,
asilo se halla frente al desvarío:
lejos de allí queda el furor demente.
La brisa entre las ramas es murmullo
que el alma mece con sutil arrullo.


En tan feliz retiro
las horas se deslizan sosegadas.
La tarde al fin da su postrer suspiro.
En derredor, las cumbres abrasadas
quedan fugazmente; con quedo paso
las tinieblas empujan al ocaso.


Su figura orgullosa
abrazada al negro cielo estremece;
espectral vaga forma misteriosa,
velando nuestro sueño permanece.
El guardián en la noche oscura y fría
espera solitario un nuevo día.













jueves, 8 de junio de 2017

BELLAPHER






Así el alma desterrada se hace más intensa

G. D´Annunzio



N
ada hay tan alentador para un poeta como una hoja en blanco, y nada puede ser más desesperante. El inmaculado papel parece como la superficie del edén que invita al numen a derramar sobre él mil delicias diversas, plenas de matices, colores, aromas; las muchas pasiones o sentimientos que desbordan el alma humana, sus anhelos más sublimes, sus más sórdidas caídas a los infiernos; las miserias de lo ordinario frente a las cumbres a las que algunos espíritus excelsos ascienden. Todo cabe en la pluma de un poeta.
No obstante, mucho antes que el todo, si el poeta merece tal nombre, le mejor de su condición es que le es dado volar en alas de su fantasía a las regiones donde mora lo mejor de nuestra naturaleza, a la belleza suprema. Ahora bien, es necesario para ello talento, trabajo e inspiración. Si ya de por si estas condiciones son difíciles de poseer, muchas veces imposibles, que las tres se den la mano en perfecta armonía resulta casi un milagro. Por ello, la hoja en blanco puede ser un suplicio para aquel cuya alma bulle y desea que se rebose todo el volcán apasionado de su interior en forma de versos que hayan de conmover, y ve como sólo de su estro se esparcen rimas mediocres o insulsas frases que son un pálido reflejo de lo que en ese interior florece y revolotea.
Estas disquisiciones ocupaban la mente del joven poeta que, en la soledad de sus modestas habitaciones, deseaba verter sobre las hojas que tenía en su escritorio un gran poema que diera forma, forma excelsa de belleza única, al ideal que de modo confuso y vago anidaba en su cabeza. Algo grandioso se estaba gestando: la idea, a modo de embrión, de materia prima sin desbastar, estaba, incluso algunos versos buenos, pero aún faltaba lo más importante, pues la idea en sí no es nada: había que transformarla en palabra. Primero desbordada, salvaje y pura; luego pulida, mimada, vestida y perfumada. Lo uno era lo innato; lo otro, el arte aprendido y el sudor de un trabajo duro.
No había manera. Ni siquiera hallaba ese primer verso que es como un cabo suelto del que tirar y a partir del cual surge todo. A fin de cuentas, esa es la clave de la creación, ya que todo nace de lo poco. Y su desesperación iba en aumento. Dejó la pluma y cubrió unos instantes su rostro con las manos. Necesitaba descansar, mas no podía. En verdad, necesitaba tantas cosas. Miró en derredor, a la modesta habitación que ocupaba en el ático de un viejo edificio en pleno corazón de una gran urbe. Todo reflejaba grandeza y pequeñez, miseria y esplendor, a su modo. Sentado, por no decir desplomado, en una vieja butaca que conoció tiempos mejores y que en lejanos antaños debió de ser espléndida, observaba lo que le rodeaba, cansado de mirar más allá y sólo vislumbrar vagas formas que no podía asir. En su escritorio yacía la pluma suplicante, agotada, como inerme y atemorizada ante la gran tarea que se le proponía. Varios papeles, casi todos garrapateados infructuosamente, y algunos libros abiertos, a modo de puertas a los sagrados confines de la inspiración, se amontonaban en torno a esa pluma y a la hoja en blanco, ónfalo de aquel pobre gabinete. Un quinqué, acorde con lo demás por lo viejo y desgastado, ofrecía una mortecina luz, como si no quisiera dar más por velar tan pobre escenario y no turbar las gratas penumbras, siempre apetecibles para el que se refugia. A su espalda, las mugrientas paredes estaban cubiertas por estanterías, las cuales parecían a punto para ser retratadas a modo de perfecto ejemplo del bohemio y romántico estudio de un joven vate. Los libros, los más viejas, si no vetustas, ediciones compradas de saldo, con alguna que otra gloriosa excepción de gran valor, adquiridos a costa de mucha hambre, eran los principales huéspedes del decrépito mobiliario; en ciertos anaqueles la monotonía ofrecida por los lomos de los volúmenes se rompía con la presencia de objetos varios y que servían, principalmente, para saciar delirios estéticos: así, una calavera yacía en un estante, entre los poemas de Byron y la célebre novela de Lérmontov, a modo de vanitas y de siniestro toque gótico. Parecía que su macabra sonrisa dijera: “date prisa en dar al mundo tu gran obra, pues en breve serás como yo”. Una vela casi consumida, que parecía una metáfora de sus fuerzas, de su vida… completaba la escena. Muy cerca se encontraba una botella de oporto, medio llena, o media vacía, según el día y con qué ánimo se contemplara, que recordaba al poeta las efusiones embriagadoras de la creación, además de proporcionarle escasos, sobre todo por lo caro del licor, momentos de goce y olvido.
Entre las estanterías, divino desorden en el que los ecos de voces parecían gritar desde el Helicón, se hallaba una ventana de marcos desgastados medio cubierta por una cortina oscura y que acusaba penosamente el paso del implacable tiempo. Al fondo, a modo de nocturno sublime sacado de un cuadro de Pether, la tímida luna retozaba con las nubes, ocultándose a veces, otras mostrando su esplendor, en un bello cielo de primavera. Cuando la luz lo permitía, las torres de la cercana catedral aparecían con toda su majestuosidad, aunque el poeta prefería con mucho verlas veladas por las tinieblas, pues así se hacía la ilusión de que admiraba los solitarios picos de lejanas montañas, en cuyas cumbres podía hallar el retiro que tanto anhelaba, la preciada soledad.
La figura del poeta completaba el cuadro, entre pintoresco y excelso. Y aunque pudiera parecer cuajado de tópicos, la verdad que ofrecía, sobre todo en sus aspectos más luctuosos, le confería un aspecto cautivador, emotivo, aunque no estaba al alcance de todas las almas comprenderlo. No desentonaba en absoluto con la romántica escena. Aún joven y apuesto, pese a que las penalidades y una honda melancolía le habían avejentado y roído su atractivo, presentaba una estampa casi fantasmagórica. Su rostro, muy pálido y de facciones bien perfiladas, casi duras, le hacían asemejarse a un espectro. Sólo en su largo pelo, peinado con la raya en medio y que caía en desordenado torrente por ambos lados de su cabeza, se percibía algo de energía, de vida interior, apasionada y tempestuosa, pese a que el hastío y la tristeza amenazaran con apagar tal fuego. Llevaba una levita pasada de moda, abotonada hasta el cuello, el cual se envolvía con un pañuelo tan admirablemente compuesto como penosamente ajado. Se ceñía la ropa a su cuerpo, en otro tiempo más vigoroso y ahora estilizado por las privaciones, de un modo elegante, pese a las circunstancias. Su mano, fina, blanquísima, reposaba encima de la mesa, como si esperase el rayo de la inspiración para cobrar vida y moverse. Mientras la contemplaba, pensaba el poeta en la reacción de Miguel Ángel nada más terminar su Moisés: era tan perfecto que lo golpeó con el martillo y le gritó “habla”. Él, al ver el mármol con el que terminaba su brazo, sentía deseos de golpearle y chillar: “escribe”.
Tras cumplir con los desagradables, más necesarios, ritos sociales que todo escritor debe hacer, esto es, paseo con amigo de circunstancia, visita a diversos editores y a la revista en la que de vez en cuando publicaba, paso por una tertulia encendida; y otros aún menos agradables, como el excusarse ante un viejo y pesado conocido para rehusar una invitación a una deplorable francachela, o esquivar a la patrona, entre diversos lances a que obligaban las desventuras de la vida, se había recogido al caer la tarde. Estaba exhausto. Mas no era su cansancio el de un hombre que vuelve a casa tras un día de agotador y honesto trabajo; ese cansancio, con la conciencia limpia, es agradable y fácilmente vencible. Su agotamiento era muy diferente, y poco tenía de físico, pese a que su mala alimentación, su poco sueño y las recientes enfermedades habían minado bastante una salud antaño de hierro. ¡Ah!, dichosa infancia en el campo; dulce pubertad en una ciudad de provincias…: la seguridad de una vida gris y mediocre. A veces se preguntaba por qué había renunciado a todo eso, pero duraba poco esta tentadora rendición, y se avergonzaba de ello: él era un poeta, un alma elevada nacida para volar más allá de los hombres y del tiempo. Prefería morir de hambre en pos de su ideal a engordar y envejecer con resignada felicidad en una confortable jaula.
El motivo de su pesar era de otra naturaleza, una naturaleza puramente espiritual. Sólo quien conoce ese dolor, sólo quien tiene un alma exquisita, podría entender los lacerantes sufrimientos que le torturaban, y que serían tenidos por el común de los hombres como naderías, “pájaros en la cabeza”. Y no nacía de sus muchas privaciones, ni de los avatares que debía sufrir en esa deshumanizada zahúrda llamada sociedad o de los golpes con que la Fortuna le maltrataba. Soportaba con estoicismo la miseria humana; incluso, con más dificultad, la imbecilidad de los más de sus semejantes. Llevar una vida casi de moderno Diógenes no le quitaba el sueño: era espíritu antes que carne. Lo que de verdad le hacía sufrir de un modo indecible era la soledad, mas no la soledad convencional, que le parecía un bálsamo, pues cuando se retiraba a sus habitaciones, lejos del mundo, sentía un enorme alivio. La suya era una soledad, cómo decirlo, metafísica, de un orden superior. Y no tenía remedio, ya que nacía de la firme creencia de sentirse incomprendido, diferente. No le molestaban el fracaso ni la ausencia de fama; despreciaba los laureles y el éxito, que no eran más que, en los tiempos que vivía, el fácil aplauso de una aborregada muchedumbre engañada y el ascenso artificial propiciado por el sectarismo o bastardos intereses. Podía incluso soportar que sus escritos recibieran el desprecio o la indiferencia por la mayoría, lo primero por “anticuado” y lo segundo por “incomprensible”. Lo peor de todo era que se sentía fuera de lugar, como si hubiera nacido en una época que no era la suya. No pertenecía al mundo en el que le había tocado vivir. Era de otra esfera, de un plano superior. La suya era otra estirpe, una raza diferente, lo cual no pasaba inadvertido entre sus aborrecidos semejantes, que también le aborrecían a él. Estaba condenado. Bien sabía que no había remedio ni salvación. Nada podía librarle de tal condena, salvo la muerte. Podría huir del mundo y olvidar. Podría intentar adaptarse. Podría, como se ha apuntado, llevar un sucedáneo de vida, aparentemente feliz… ¿Podría, en verdad?
Ya había anochecido cuando cesó en estas reflexiones, a las cuales seguía prometiéndose no entregarse más, estúpida pérdida de tiempo en su lucha, pues debía luchar, y en las que siempre caía a su pesar. Se sumió en una especie de letargo. Desde que se sentara a escribir había intentado dar forma a sus ideas, mas le había sido imposible. No podía concentrarse. Su mente se dispersaba y acababa por caer en lucubraciones inútiles. Finalmente, y tras meditar sobre el proceso creador, simbolizado por una hoja en blanco, y recuperarse un tanto de su abatimiento, decidió salir a dar un paseo nocturno. La perspectiva de la soledad, el silencio y la caricia de la brisa nocturna le dieron fuerzas para levantarse. Se puso su capa, pues en su estado de debilidad no podía tentar a la suerte, y salió. Principiaba junio. La noche era deliciosa, quizás algo fresca para él. Un hombre robusto la hubiera encontrado, incluso, cálida. No le importaba, ya que le gustaba sentir frío. Se embozó, más para no ser reconocido que por frío, y se dedicó a vagabundear.
La ciudad era tan hermosa. Estaba cargada del bagaje de los siglos, depositaria de tantos esfuerzos centenarios por elevar el alma y convertir la materia en viva expresión del espíritu. Deambuló por el dédalo de callejuelas de ese ser vivo que había crecido sin orden ni concierto, atractivo hasta en sus miserias, en las cuales el poeta veía siempre un drama, una novela, versos conmovedores… Se detuvo en uno de los muchos puentes de la gran ciudad. Sentía tentaciones de adentrarse, como otras muchas veces hiciera, entre los escombros de la vieja urbe que caía para dar paso a una nueva, quizás más elegante, más distinguida, pero más fría y falsa. Le gustaba despedirse de los rincones entrañables en los que tantas veces se había refugiado antes de que fueran sólo despojos de un tiempo pasado y, luego, vacío donde la fatuidad de los nuevos amos levantara sus moradas. Y cada día desaparecía uno. Es como si el viejo mundo, el orden milenario, fuese atacado para crear uno nuevo, reluciente, muy llamativo en la apariencia, pero lleno de vileza en su fondo. El oro levantaba su orgullosa primacía donde antaño la tradición tejiera una lenta, caótica, más maravillosa vestidura. Se quedó en el puente. No tenía ánimos esa noche para entregarse a la aflicción y sentir el corazón desgarrarse a cada lienzo de viejo muro derribado. Esa noche necesitaba el cálido aliento de la creación. Contempló a la catedral. Era tan imponente. ¿Acaso algún día también sería víctima del progreso? Pensó, en un rapto de terrible lirismo profético, que bien podía tenerse a aquella inmensa y poderosa mole, tan hermosa y llena de filigrana, como emblema de un mundo, el que poco a poco se desvanecía, el que había visto las mayores glorias humanas: cuando cayese este símbolo, el mundo caería con él y llegarían las tinieblas.
Volvió sobre sus pasos, y de nuevo se adentró en el intrincado laberinto de callejuelas de sabor medieval en las que el Renacimiento y el Barroco habían engastado algunas de sus joyas. En su vagabundear se detuvo en una pequeña plazoleta donde algunas vendedoras de flores rezagadas terminaban su labor, que había dejado, como en el campo de batalla, diseminados los restos de los vencidos. Pétalos, ramas, flores que ya empezaban a marchitarse, algunas de aspecto no tan hermoso como para ser compradas, yacían por el suelo. Los restos de su belleza se confundían con la suciedad del día, así como su moribunda fragancia se mezclaba con el hedor de la gran ciudad. Se sintió triste, con esa especie de tristeza desoladora que no lleva en su seno el bálsamo de la grandeza. En un rincón vio un ramillete de orquídeas que parecía haber sufrido algún percance: estaba casi destrozado, pero algunas de las perlas de tal collar aún se veían en buen estado. El poeta tomó una de ellas, la más hermosa, y la puso en el ojal de su levita. Aspiró su dulce fragancia y sintió un indecible arrebato, como si la flor agradecida por ser rescatada y feliz por hallar en el pecho de un alma elevada su postrer asiento, su sepulcro, hubiera hecho un titánico esfuerzo por despedir su más embriagadora esencia. Un tanto turbado, al modo de quien ha visto a una mujer de gran belleza, con cuyos ojos los suyos se han cruzado en un instante ardiente y efímero en el que, sostenida la mirada, se dice todo sin decir nada, se apoyó al poco en el ruinoso muro que rodea a San J… Parecía algo mareado; un leve vértigo le había conmovido. Permaneció allí un buen rato, en silencio, en soledad, frente a la centenaria iglesia cuya románica pureza y sobrias formas parecieron fortalecerle. La brisa le acariciaba como un recuerdo de juventud y esplendor. En medio de sus reflexiones, algunas turbulentas, tormentosas, otras suaves y apacible; unas exultantes, otras melancólicas, una melodía no se le iba de la cabeza: el motivo principal del adagio del concierto Emperador de Beethoven se repetía incesantemente en su interior, como la música que acompañase la danza de su pensamiento, y que hería su alma sensible hasta lo exacerbado con su dulzura. Le parecía como si aquella melodía, tan sencilla como exquisita y de inefable belleza reflejara el suave paso de algún benéfico espíritu que trajera consigo un goce inexplicable y la inspiración suprema; como si una hermosa mujer, espíritu afín, apareciera ante él de la nada para cautivarlo. 
Así, en esa especie de letargo excelso, la más exquisita forma de huida de las almas superiores por su refinamiento, ora caminado, ora deteniéndose, pasaron las horas, fugaces a la par que eternas, sin que se percatara el joven poeta de nada más que de lo que en su interior bullía. Se hizo muy tarde. Dos campanadas le sacaron de su ensimismamiento. Estaba agotado, casi desfallecido, pero un fuego se había iniciado en su interior: la llama de la inspiración parecía haber prendido, y con ella el fulgor del arrebato poético. Se dirigió a su casa todo lo deprisa que le dejaron sus maltrechas fuerzas. Había tanta belleza a su alrededor, hasta en los más sórdidos rincones. Había tanta belleza dentro de él. Subió las escaleras poseído de un poderoso furor. Nada más llegar a sus habitaciones, se dirigió a uno de los anaqueles en medio de la oscuridad, no sin antes derribar alguna de las pilas de libros que se levantaban en el suelo, y se regaló un generoso trago de oporto, que pareció templar sus nervios. Miró a través de la ventana. La luna llena ofrecía todo su resplandor misterioso; sus plateadas caricias rasgaban de un modo cautivador, tan sugerente, las penumbras; la visión de aquel pintoresco rincón sumido en la acogedora negrura levemente herida le invitaba a quedar postrado para deleitarse con sus ensoñaciones. Como de costumbre, le costaba ponerse a escribir, un tanto abrumado por la enormidad de sus afanes, por lo titánico del esfuerzo que se exigía para crear algo perfecto, superior. Pero esa noche era todo diferente. Venció muy fácilmente a la tentación. Le aguardaba una hoja en blanco. En su cabeza bullía un tropel de palabras y de ideas que se asemejaban a un volcán a punto de entrar en erupción. Necesitaba escribir.
Encendió la pobre lamparilla, desfallecida. Necesitaba más luz, pero una luz diferente. Tomó la vela de la vanitas de sus estantes y decidió matarla, como si al morir aquella luminosidad naciera otra de sus cenizas, cual ave fénix. Se sentó impaciente por empezar, tomó la pluma y comenzó a escribir. El primer verso, ese primer verso que en él era imprescindible para crear y que solía venirle, como un fogonazo, de repente, ya pulido, ya intocable, se posó en la hoja. Lo había sentido en la pequeña plaza, nada más aspirar la fragancia de la orquídea. Y nada más escribirlo paró y miró a la flor. La tomó de su pecho, volvió a sentir el beso de su delicado aroma y la dejó en la mesa, cerca de la vela. Acto seguido, como si el furor poético le hubiera poseído de un modo demencial, un torrente casi frenético se desbordó de su numen. Sin parar apenas a releer lo escrito ni corregir nada, una buena tirada de versos aparecieron de entre la inmaculada blancura del papel. Pasado ese primer vértigo, su fuego creador pareció flojear. Estaba agotado. Se echó hacia atrás sobre el respaldo de su silla y cerró los ojos. Le dolían y había comenzado a ver las letras un tanto borrosas. Se los restregó como si así quisiera hacer desaparecer el cansancio y el dolor. Sólo necesitaba descansar algo y poner orden en sus ideas. En medio del silencio de la noche, entre las tinieblas débilmente combatidas, su mente ardía. Había concebido el plan general de su largo poema, el que debía de ser su obra maestra, en el que se vaciará; donde dejara plasmado la esencia de su pensamiento, donde quedara grabada su alma. Y si moría en breve, habría de ser su legado. Sospechaba que su vida y su obra quedarían sepultadas en el olvido, pero gustaba de acariciarse con la halagüeña, y descabellada, idea de que en el futuro, en una  época y un mundo diferente en el que los hombres volvieran a mirar al cielo y no al interior de sus bolsas, sus versos serían rescatados y apreciados. Qué deleite le propiciaba la posibilidad de crear deleite en corazones afines. La fama, la aclamación popular, y mucho menos el dinero, no podían compararse a la emoción de emocionar.
Se había dejado llevar por ensoñaciones muy hermosas, entre las cuales descollaba aquella en la que se imaginaba a una bella joven al borde del llanto mientras leía sus poemas al pie de su sepultura. Pero una punzada vino a sacarle de sus quimeras: debía volver a la tarea. Sin trabajo la idea no es nada, sólo humo, artificio, ilusión. La principal estaba, así como otras tantas secundarias; muchos versos ya flotaban en el éter de su mente, imágenes, metáforas, símbolos, recursos, juegos de palabras… pero… todo aquello no era nada más que un amasijo de vocablos al que le faltaba mucho para poder ser un poema. De nuevo se sintió tentado de abandonar, de dejar la tarea para cuando estuviera más descansado. Fiaba a un futuro ignoto la fuerza creadora que ahora parecía faltarle. Y bien sabía que a ese futuro le seguiría otro. “No”, se dijo. Debía escribir el poema, ese poema que venía rondándole como un espectro tanto tiempo, quemándole en las entrañas. Debía ser esa noche. Sin poder explicárselo, sentía que debía ser así.
Abrió los ojos. Miró en derredor en busca de algo, mas no sabía qué. Finalmente, posó la mirada en la llama de la vela. “Y si lo que le resta fuera el tiempo que me queda de vida”, le dio por pensar inopinadamente. “¿Por qué -se preguntó- algo de tan inocente belleza como una vela ha de propiciar tan funestos pensamientos? A qué vienen esos malos agüeros. La luz puede ser tan reconfortante, tan hermosa”… Y quedó la mirada fija en la llama, cuyo ígneo corazón parecía revestido por una aureola casi mística, de un etéreo velo que la protegiera. No pensaba en nada, Su mente, en blanco, había cesado en el torbellino de la creación para concentrarse en ese pequeño haz de luz. Apenas parpadeaba. Parecía el poeta hipnotizado; daba la impresión de que su voluntad hubiera quedado a merced del hechizo de la luz. De repente, la llama se movió. Fue un leve titileo, casi imperceptible, mas lo suficiente para sacar de su ensimismamiento al joven. Parecía que retornaba al mundo tras haberse perdido en otra dimensión. Volvió, no obstante, a concentrarse en la llama. Nada más existía para él; todo era tiniebla a su alrededor salvo el círculo mágico que parecía envolverle. Una ráfaga de intenso perfume le acarició: era el aroma de la orquídea. Se extrañó el poeta de todo ello, pues la ventana estaba cerrada y no había notado corriente alguna que moviera la llama u oreara la esencia de la flor. No le dio importancia. Sintió, tras ese breve lapso en el que se había entregado a la nada, como sus inquietudes volvían. Los anhelos sagrados se enseñoreaban de nuevo de su alma. Aun así, no notaba la desazón habitual ni el ya crónico estado de casi desesperación que le dominaba de continuo de un tiempo a esta parte. Creyera, de no ser porque le resultaban repelentes esas prácticas, que alguna sustancia psicotrópica empezaba a hacer su efecto. Había oído mil veces hablar del sereno éxtasis del opio, de la calma infinita en la que se cae. Le maravillaba el aplomo que sentía, el cual no se parecía en absoluto a ese estado de imbécil inanición en el que se pierden quienes buscan la paz en los paraísos artificiales. Se notaba vigoroso y lleno de poder creador.
No obstante, antes de tomar la pluma, quiso ordenar sus ideas: era tan gigantesco el esfuerzo que se proponía, tan alta la cima que deseaba escalar. Quería componer algo grande, eterno… Mas, ¿cómo? Sintió de nuevo un leve pinchazo, tal cual un picotazo dado por el desaliento. Volvió a mirar la llama.
-¡Ven a mí, potencia creadora, sacro fuego primigenio! -exclamó con toda la pasión que le permitía la laxitud que le había invadido y que le corría por la sangre con dorada languidez-. Aparece y llévame a los confines del pensamiento. Toma mi vida en prenda, si es necesario, pues mi vida yace en la punta de esta pluma. Si no puedo dar forma al ideal de mi vida, para qué quiero la vida…
Quedó en silencio. Seguía la vista en la vela. Un total abandono se apoderó del poeta. Llamaba al destino y se limitaba a aguardar. La oscuridad pareció hacerse más espesa; el silencio, más estruendoso. Las lágrimas se agolpaban en los ojos del joven, que no se apartaban de la luz. Ésta se desdibujó por efecto del incipiente llanto… No, la llama se transformaba por sí sola… Parecía agitarse como si tuviera vida propia. Aquel movimiento irreal no podía provocarlo corriente alguna de haberla habido. El poeta se incorporó bruscamente para contemplar mejor el prodigio. “No es posible”, gimió. “Me habré vuelto loco”. No tuvo tiempo de pararse en reflexiones ni explicaciones posibles… La llama cobró una fabulosa intensidad, como si el mismo sol se manifestara allí mismo y… empezó a crecer. Primero lentamente, como si titubease; luego, de un modo rápido y preciso.
El joven no daba crédito a lo que veía. No sentía miedo, ni siquiera curiosidad. Nada salvo la creencia de que su destino se presentaba y que sólo era un instrumento en sus manos. La llama, a la par que crecía con una fascinante luminosidad, se iba perfilando para adoptar una figura, una figura que parecía humana. Con asombro, y total embeleso, vio el poeta como la llama se había transformado en… una mujer. Le hubiera sido imposible describirla: la forma era evidente, parecía incluso palpable pese a lo incorpóreo, perfectamente definida, mas era una forma luminosa. ¿Ilusión tal vez? ¿Efecto de las muchas privaciones y del agotamiento? ¿Tal vez un fantasma del pasado? A nada se podía comparar.
De todos modos, ante tanta belleza, ante tal maravilla que no era de este mundo, el alma excelsa del poeta no se paró en consideraciones tales, mundanas aunque comprensibles. Estaba extasiado ante la beldad que se le presentaba por ensalmo prodigioso; parecía mas imaginada que percibida. De no ser por lo intenso del deleite, diríase que era un sueño, un sueño de facciones perfectas donde lo dulce se hermanaba con la firmeza, y lo deliciosamente frágil de la mujer con su poderosa y cautivadora hermosura en un eterno femenino divino, enmarcadas por un dorado cabello como nadie antes hubiera visto. Sus azules ojos miraban con tal profundidad que parecía los siglos hablasen a través de ellos; y eran tan tiernos, tan llenos de inefable bondad… Su estilizada figura quedaba envuelta en una especia de túnica luminosa, que a la vez parecía tener forma y ser informe, por la cual asomaban unos brazos desnudos admirablemente torneados y unos delicados pies descalzos.
“Qué extraño prodigio contemplo”, se dijo el poeta. Como si la bella figura adivinara lo que pensaba, le habló con una voz de inexpresable sonido, tan humana y tan divina…
-Soy Bellapher, el “espíritu de la belleza”. Soy la portadora de la hermosura, la que prodiga los dones y eleva las almas como la tuya, amado mío. He acudido a tu llamada para encender el fuego de la inspiración. Soy la luz en tus tinieblas. Soy tu destino. Hace tiempo que me aguardabas; hace tiempo que deseaba entregarme a ti…
Y Bellapher, lentamente, se fue acercando al poeta. Sentía cada vez más próximo su bellísimo y suave rostro; sus brazos ceñirse a él; su cálido aliento envolviéndole; su fragancia arrebatadora llenándole de transportes placenteros. El sentimiento que se apoderó de él fue inexplicable. Un abrazo tierno, a la par que sensual, un ardor extático, le envolvió. Sintió una leve, más abrasadora caricia; unos labios se posaron en los suyos, y un dulzor que en nada debía de envidiar a la olímpica ambrosía le poseyó como el más embriagador licor. Se sintió poseído por la luz.
-Entrega tu alma. Derrama tu genio. Que la vida fluya…
Y el caos se hizo orden; las dudas, firmeza. El desconcierto y la ansiedad se desvanecieron y el alma del poeta, en un rapto de inusitada inspiración, serena y segura voló hacia una especie de Arcadia donde todo lo vil del mundo no tenía cabida. Sobre la fresca yerba, a los pies de la montaña, sólo se podía contemplar el cielo más allá de sus alturas. El poeta tomó la pluma y escribió. Si el apacible riachuelo de plateado arrullo de esa “Arcadia” a la que había sido llevado corría mansamente, el caudal de la inspiración se desbordó, furioso, mas sosegado, torrencial, pero ordenado. Así, durante varias horas los versos fueron brotando de aquella alma joven y anciana, vigorosa por los pocos años aunque cargada con las centurias que en ella cabían y que habían dejado su poso; efímera e inmortal. No sentía el poeta el estrago de las privaciones ni la huella de la fatiga. La mano no le dolía, pese al esfuerzo; sus ojos no se volvían ruines por el excesivo trabajo. El bálsamo de la inspiración había suspendido todo lo material; el espíritu, bajo tan sublime luz, se desbordaba.
Con una claridad pasmosa, como si se limitara a escribir al dictado lo que estancias superiores clamaban, los versos se fueron sucediendo. Hermosas palabras, oras suaves, ora épicas o tonantes; misteriosas, sugerentes, sonoras, a veces ingenuas… llenaron la blancura. La nada se transformó en ideas grandiosas; otras eran delicadas y tiernas. Lo complejo, casi arcano, guió a la más cándida sencillez por las fértiles vegas de la imaginación y la reflexión. Forma y contenido se fundieron en feliz armonía en pos de la belleza, la suprema belleza, el ideal que redime al hombre de sus miserias, el fuego divino que el Creador nos diera para poder acercarnos a Él.
Una vez terminados, si es que alguna vez se termina una obra así, el poeta releyó los versos. Hizo alguna modificación, tachó, corrigió, añadió… mas fueron pequeños retoques. El poema, su creación suprema, estaba acabado a su gusto. Como si despertara de un sueño, volvió a su estancia pobre y desaliñada. Volvió al mundo. La vela ardía normalmente, casi a punto de expirar… Los primeros atisbos de las vestiduras de la Aurora rozaban la lontananza. Amanecía. Miró por última vez el poeta a las hojas. Escribió algo. Se desplomó en su silla. Ahora volvía a sentir el cansancio, el dolor, la melancolía. Pero estaba feliz. Poco a poco, el dolor fue cesando; el cansancio desaparecía. Volvió a escuchar el murmullo de la floresta y los trinos de las felices aves…
-Gracias… -apenas pudo musitar. La vela se extinguió. Los primeros rayos del sol invadieron la estancia. Una mano amorosa cerró los ojos del poeta; unos labios trémulos los besaron. El ardor cesó, y la inquietud, la zozobra, el vértigo de la miserable existencia… Frío, y luego nada. Finalmente, todo.
Serían cerca de las ocho de la tarde cuando unos recios golpes sonaron en la puerta de las modestas habitaciones del poeta. Fuera, en el pasillo, se oyeron voces descompuestas, las más quejas y reproches. Parecía que se disputaba. “No puedo hacer eso”, decía una vieja voz aguardentosa de mujer. “Asumo toda la responsabilidad”, replicó una voz firme de un varón de unos veinticinco años. Finalmente, como siempre, el oro tuvo la última palabra. La puerta se abrió merced a la llave de la portera. Un grito de la misma rompió el plácido silencio que había reinado en la estancia.
-Rápido, avise a un médico. Corra, a qué espera…
La mujer salió todo lo deprisa que pudo, renegando entre sollozos y afirmando que ya lo veía venir y que antes preferiría en el futuro trato con el demonio que con literatos y bohemios. El joven caballero se dirigió al poeta. Le tomó el pulso. Sus ojos se cerraron y en su distinguido rostro se dibujó un rictus de pena. Contempló a su amigo. Después, miró en derredor. Su mirada era indescriptible. Sintió deseos de sentarse y llorar. Se fijo, empero, en la mesa. Estaba llena de cuartillas garabateadas. Las tomó y empezó a leer. La expresión de su rostro cambió, no obstante seguir dominado por la congoja. Leyó muy deprisa, devorado por una extraña emoción. Aquellos versos, aquel poema… Al final, bajo los últimos, una mano temblorosa había escrito: “¿Demasiado hermoso? ¿Demasiado noble?
Escuchó ruido en la escalera. Apresuradamente dobló las hojas y las guardó en su levita. Apareció la portera con un médico, en cuya cara se pintaba el más vivo disgusto. Miró la estancia, y el disgusto pareció avivarse notablemente. Con reprochable cachaza se acercó al poeta, lo miró un instante y pidió con aire de rutina y desagrado que todos se marcharan de allí y que se avisara a las autoridades. Y comenzó su trabajo como quien tiene delante de sí algo que no le importa lo más mínimo.


*         *          *


Caía la tarde. Pese a ser casi verano, el cielo estaba encapotado. Llovía copiosamente. Nubarrones negros y grises daban un aspecto aún más siniestro a aquel penoso rincón del cementerio. No se había podido recaudar lo suficiente para un entierro más digno. En una sala miserable, en espera de que llegaran los operarios, un ataúd esperaba su destino: un frío lecho bajo tierra en un ignoto lugar. Solamente había una persona velando el cuerpo. De pie, junto al féretro, miraba al joven poeta el caballero que había sido el único en echarle en falta aquel fatídico día. ¿Fatídico? Había tanta paz en el pálido rostro.
Una vida se iba sin que apenas nadie lo notara. Las ilusiones, los anhelos, los afanes… toda la pasión de una existencia palpitando en un pecho que ambiciona ideales supremos… Y ahora nada. El amigo de nuestro poeta meditaba sobre esto para alejar los zarpazos de la pena. No obstante, ¿sentía tanta lástima como debiera? “Qué egoístas y fríos nos hemos vuelto los hombres”, pensaba. “Nuestra entrega al placer y nuestro exacerbado miedo al dolor nos están volviendo inhumanos. ¿Será esa la seña de la modernidad?”. Poco duraron estas cábalas, pues la mente de quien las propiciaba no se caracterizaba, precisamente, por el gusto por la reflexión. La pequeña concesión a ciertas honduras fue sustituida por los recuerdos, que venían en desordenado tropel. Aquel rostro marmóreo, de afiladas facciones en las que la serenidad contrastaba con las evidentes huellas del sufrimiento y los pesares, se transformó de repente en aquel otro, bello aunque hosco, refinado aunque salvaje, que se le apareció cuando le presentaron unos pocos años atrás al joven poeta. Le resultó antipático a la par que fascinante. Por muy extraño que parezca, aunque quien recordaba no era una inteligencia destacada ni un espíritu elevado, fue uno de los pocos, sino el único, que enseguida captó la excepcionalidad del poeta. Ambos se conocieron en una tertulia. El caballero que velaba también se tenía por escritor. Había llegado a la ciudad unos meses antes con el mismo propósito. Empero, entre ambos había un abismo: si nuestro poeta era una refinada rareza, un capricho de la Fortuna o, tal vez, una humorada de los dioses, el que fuera su único amigo era otro de tantos jóvenes mediocres con ínfulas que deseaba consumir su juventud devorado por la fiebre romántica. Todo pura pose; su vida, un juego. Había nacido en el seno de una familia burguesa de provincias con un patrimonio nada despreciable. El joven desde muy pronto sintió inclinación por las letras, para horror de su padre, que le quería como sucesor en el negocio de la venta de paños. Con la excusa de los tiempos modernos, la necesaria formación, el qué dirán, las apariencias y, en no poca medida, los ardides de su madre, se había convencido al padre para que le costeará estudios de leyes. Por supuesto, con vistas a los negocios. Así, el joven bohemio que pasaba por un caballero por sus buenas galas, y que recibía puntualmente una generosa renta, quería dárselas de hombre de letras, amén de aparentar que era la suya un alma libre que sólo vive para entregarse a la creación. Bien sabía que todo era una farsa que habría de durar poco.
Por ello, admiraba con franco entusiasmo a nuestro trágico lírico, pues en él veía sinceridad y valor para entregarse a un ideal por el mismo ideal: era un verdadero poeta. Por otra parte, apreciaba su talento, lo envidiaba, aunque no siempre entendiera su obra o la considerara desfasada o extraña. De hecho, gracias a ciertas amistades, y costeando de su bolsillo los gastos, había logrado que se publicaran ciertos artículo suyos, así como una antología de sus versos. Claro está, sin que sospechara nada el orgulloso vate. Y hay que decir que la pequeña y única edición fue casi adquirida en su totalidad, de tapadillo, por el caballero, que la regaló por donde pudo y la hizo llegar donde creyó conveniente por mejor de su amigo, cada día más pobre y desesperado, y cada día más fascinante. Aun siendo un buen hombre, no crean que era un filántropo o un alma piadosa en extremo. Sentía, sin saber explicar exactamente por qué, que debía ayudar a ese genio oculto que parecía querer resucitar antiguos acentos gloriosos, aunque latiera un espíritu nuevo, viejo y joven a la vez, en sus versos.
Muchas otras reflexiones y recuerdos, en rápida sucesión, se posaron en su mente hasta que llegó al punto donde debía y no quería llegar; pero había prisa, pues ya notaba fuera el ruido de los trabajadores: qué hacer con los versos que su amigo escribiera poco antes de… Esa noche, pasados los trámites burocráticos, de vuelta a sus habitaciones se había entregado de pleno a la lectura del poema. En los pocos días siguientes fue devorado muchas veces, saboreado, meditado y estudiado con fruición. Nunca había leído nada igual. Le era todo familiar, cual el recuerdo de las viejas lecturas de los clásicos en la adolescencia, llenas de ese poso inenarrable del tiempo, como el tañido de una campana en la torre de una iglesia medieval, y que lleva siendo escuchada por muchas generaciones. Mas, a la vez, había algo tan extraño y novedoso, algo tan singular… no lograba entenderlo. Sabía, y se desesperaba por su cortedad, que la grandeza de aquellos versos le superaba, se le escapaba. En ese todo formado por muchas partes diversas, desde lo épico a lo tierno, lo lírico a lo sombrío, anidaba un ánima, una esencia, superior, transcendente como si un coro de ángeles se lo hubiera revelado.
Mucho pensó en qué hacer con el poema. Se avergonzaba de la tentación, hija de la envidia, que había sentido de adueñarse de él y presentarlo como suyo. Además de una vileza atroz, hubiera sido una pérdida de tiempo a la larga funesta, ya que era fácil darse cuenta de que un numen como el suyo nunca hubiera podido crear algo así. Ya había publicado, y con cierto éxito, y gozaba del reconocimiento de los círculos literarios en los que se movía, pero no se le escapaba que era una medianía cuyo pálido destello se extinguiría muy pronto sin dejar huella. La vergüenza sentida por su tentación quedó redimida cuando el loable, sobre todo por lo veraz, deseo de darlo a conocer para gloria de su amigo se apoderó con vehemencia de él. Era lo justo, pues era lo que demandaba la amistad y el amor a las letras, por no hablar de la más elemental decencia. Aun así, había un punto de vanidad en todo ello, pues le acariciaba la idea de adquirir fama como mecenas, ya que como poeta dudaba mucho que lo consiguiera. Tal vez la posteridad pronunciara agradecida su nombre por haber dado a conocer unos versos tan conmovedores y se admirara de las trágicas y novelescas circunstancias que los rodeaban. Hay que decir, en honor de la verdad, y en honor suyo, que mucho más placentero le fue el sentimiento desinteresado de hacer justicia a su amigo, a quien veía claramente como a un genuino morador del Parnaso, un espíritu puro nacido para la creación, muy por encima de toda la patulea de ociosos, pedantes y, a veces, estrambóticos seres del mundillo literario en el que se movía, los más simples mosquitos que revoloteaban en torno al fuego. Su amigo participaba de ese fuego.
La lástima que siempre le había inspirado el joven poeta que yacía frente a él; el doloroso resquemor que siente el alma noble ante la injusticia; la certeza íntima, aunque disimulada tras muchos y variopintos ropajes balsámicos, de que vivía en unos tiempos en los que lo prosaico y mercantil comenzaban a enseñorearse de todo, y que tras la retahíla y alharaca de los voceros que pregonaban un nuevo mundo mejor se hallaba la lenta agonía del espíritu, ideas éstas que venían de su amigo y que siempre tuvo por exageradas, aunque hacían mella en él; en definitiva, todo el tropel confuso que se desbordaba como un torrente quedó de pronto velado con la idea fulgurante de la gloria, del reconocimiento justo al fin, que habría de traer el poema a su autor. Los laureles, aunque vayan en una mortaja, siempre serán la mejor corona para un poeta.
Poco duró el entusiasmo en la mente de aquel caballero, como suele ocurrir en las almas de pocos alcances y muchos afanes. Todo el castillo que en un segundo había levantado su, casi, infantil, frenesí se derrumbó en el acto. Los pájaros que había en su cabeza, y tenía de continuo muchos, volaron en desbandada, y su graznido irónico parecía decir: “cómo has podido ser tan ingenuo”, “cómo has podido engañarte de ese modo”. Bien sabía que la hermosa quimera que se había forjado en un instante, en la que no faltó la idea de que en el futuro fueran miles los que peregrinarían a aquel modesto rincón del cementerio para visitar al gran poeta de corta vida e inmenso talento, acrecentado por la leyenda y el prestigio que la fama y los años realzan, era poco más que humo, casi un delirio de inocente juventud. Por una extraña condición que no alcanzaba a comprender, él, que no era más que un mediocre poetastro, un espíritu vulgar que, en el fondo, no hacía más que jugar y cuyas poses y lugares comunes seguían la corriente imperante, había podido remontarse a las alturas y penetrar en los sublimes arcanos que el pensamiento y el verso de su amigo portaban en sus entrañas. Si bien muchas veces no comprendido lo que leía, otras apabullado, las más extrañado, la esencia excelsa que alentaba su creación le había penetrado en el espíritu para agitarlo poderosamente. No sabía explicarlo, ni quería, pero la obra de su amigo, y sus últimas rimas en especial, le provocaban unos transportes de emoción, unos raptos de deleite como sólo alcanzaba leyendo a ciertos “clásicos” o muy rara excepciones de su época. El resto sólo le agradaba, le proporcionaba un placer fútil y efímero, como un licor sabroso al paladar y que mueve a cierta embriaguez. Mas sólo eso.
Sacó del bolsillo de su chaqueta los pliegos que tomara de las estancias de su amigo. Con qué emoción los miraba. Cuántas veces los había leído. Las lágrimas, y muchas había vertido con su lectura, pugnaron por salir. En el fondo, le halagaba la idea de distinguirse de la mayoría al apreciar lo que pocos apreciaban. Se sentía como el paseante que va dejando atrás en su subida a las alturas a otros que no desean esforzarse por llegar tan alto. La cima es solitaria, melancólica, pero es tan reconfortante apreciar el cielo desde allí y posar la vista en la lejanía, más allá de las pequeñas figuras que a los pies se mueven.
Dudaba. No había tomado la precaución de copiar los versos, ni de ponerlos en limpio, pues eso le parecía, idea a la par poética y un tanto infantil, como una profanación. Por descontado, no los había mostrado a nadie. ¿Alguien los merecía? Si él, un alma que se arrastra podía haberse despegado del suelo para, aunque sólo fuera eso, atisbar en las alturas, ¿no podrían otros hacerlo? No le cabía la menor duda. Era un buen hombre, algo ingenuo y de inclinaciones nobles pese a las contaminaciones del siglo: quería ver siempre el lado amable de las cosas y creía, o necesitaba creer, en la bondad humana, que quedaba inalterable en el fondo siempre, pese a todo, ese fondo bueno que daba por sentado en el corazón de la humanidad y que la redimía de sus miserias. Aún así, aquellos versos…
Las dudas de los últimos días volvieron con más fuerza. Y no había tiempo: lo operarios se acercaban. Volvió a imaginarse que se presentaba en la oficina de su editor o en la redacción del insignificante periódico en el que colaboraba de vez en cuando. Se figuraba que aquel poema que tan hondamente le había traspasado, junto con otros de su amigo, llegaba a la imprenta y, de allí, a las librerías, aunque tuviera que costear él la edición. Y luego, qué… El fracaso, la ignorancia, la indiferencia. Ya conocía las reacciones de los más a los versos del joven poeta: salvo un limitadísimo grupo de entusiastas, y ninguno como él, los demás miraban aquello como se mira a un fantasma, a algo extraño e impropio. Unos no lo entendían, la mayoría no quería entenderlo; casi todos retiraban la vista extrañados, incluso molestos, ante esa extravagancia desfasada que sonaba a otros tiempos. “Eso ya no se llevaba…” “Esto es caduco…” “Es una mala imitación…” Otros, los más perspicaces, que veían lo que de nuevo tenía ese resurgir de lo antiguo, esa esencia de lo eterno que nunca cambia ni pasa de moda, atroz tirana, se sentían espantados, pues lo veían como una amenaza. Y cómo reacciona la modernidad ante la amenaza: burla e indiferencia, que es lo peor que puede sufrir cualquier creación del espíritu.
Desenvolvió las hojas y echó otro vistazo. Había memorizado casi todo el poema, en especial los fragmentos más subyugantes. La letra llena de premura, los tachones, las acotaciones… todo ese caos sublime ante él…; parecía como si a aquel hombre corriente, más con aspiraciones a ir más allá, se le revelara algo divino, un espacio superior e incomprensible a donde vuela el genio creador, regiones vedadas a la mayoría que sólo pueden conocer los elegidos. La emoción le dominaba. En su manos, la delicada esfera de lo espiritual llevado a su más depurada expresión; a su alrededor, la más espantosa sordidez, el inframundo de lo más humano, lo más material.
El ruido se hacía de notar más. Algunos comentarios, groseros e irrespetuosos la mayoría, revelaban la impaciencia de los trabajadores. El joven caballero había rogado que le dejaran sólo con su amigo mientas éstos venían. Sin duda, alguno de los pocos conocidos asistentes les había frenado para que no turbaran a aquél en su despedida. Y daba la sensación de que no les hubiera gustado. Mientras un conato de disputa parecía a punto de estallar fuera, el caballero posó sus ojos en la anotación que con mano temblorosa estaba escrita al final del poema: “¿Demasiado noble? ¿Demasiado hermoso?”
Los operarios entraron finalmente a los pocos minutos. Saludaron hipócritamente con buenos modales al caballero, quien los fulminó con la mirada, y sacaron el ataúd. Apenas veinte minutos después la tierra cubría el humilde féretro. Los pocos amigos o conocidos, sólo cuatro, se marcharon nada más terminada la tarea. Llovía cada vez con más fuerza. Un lejano trueno, como si el cielo hubiera gritado de rabia, un cielo negrísimo, amenazó con una tormenta en ciernes. Sólo quedó una figura solitaria al pie de la tumba. Sus lágrimas se confundían con la lluvia. En el fondo de su alma, empero, latía una dulce alegría: la de saber que aquel espíritu nacido fuera de su tiempo ya paseaba tranquilamente por las fértiles y deleitosas llanuras del Parnaso. Tumbado sobre el césped, con la mirada puesta en el horizonte, esa alma estaba al fin en paz. Y si el azar hubiera querido que en el futuro alguien desenterrara el cadáver; si la Fortuna hubiera tenido el capricho de guiar la mano de ese alguien hacia el bolsillo de la levita del difunto poeta, se hubiera encontrado con una sorpresa: unas hojas escritas a mano con unos versos demasiado nobles, demasiado hermosos, para su época y cuyo mejor destino eran las sombras y el olvido.       


















       

martes, 6 de junio de 2017

VANITAS VANITATUM



U
n fuerte olor impregnaba la habitación. Daba la impresión de que todo lo que había en la estancia desprendía una diferente y poderosa fragancia. Las flores que decoraban el papel de las paredes, llenas de escenas rococó, exhalaban sus aromas como si fueran de verdaderos jardines; los rasos, tules y sedas que tan profusamente se derramaban en estudiada confusión regalaban su esencia almizcleña; el sándalo parecía que naciese de las muchas cajas lacadas de oriente llenas de las más diversas joyas; los jarrones chinos despedían un intenso jazmín. Del mismo modo, la penetrante bergamota de aquel perfume nuevo lo llenaba todo como si la propia atmósfera de la recargada habitación lo creara.
 En esto pensaba la hermosa joven que admiraba su belleza en el espejo mientras se acariciaba la cara con un mechón de su rubia cabellera, cuya esencia de vainilla se mezclaba admirablemente con aquel tropel de olores que hacían desfallecer. Pero nada olía tan bien como la tersa piel de la muchacha, cuya fragancia no igualarían los más exquisitos inciensos de la India; o, al menos, eso creía ella. Y nadie se hubiera atrevido a dudarlo.
“¿Es mía tanta belleza?”, se preguntaba mientras con la yema de uno de sus dedos acariciaba su ebúrneo cuerpo. “¿Acaso puedo llamar mía a esta cabellera que haría palidecer de envidia al sol? ¿Me pertenecen las rosas de mis mejillas y mis labios? ¿Son mis ojos, en verdad, espejos del más puro cielo? ¿Es real todo lo que veo o sólo estoy soñando?” Y una sonrisa de infinita complacencia pícara, como si una voz que proviniera de todas y ninguna parte le hubiera respondido favorablemente, asomó a su inigualable rostro juvenil. Al mismo tiempo que se sonreía con estos deleitosos pensamientos estiraba sus níveos brazos como una Venus que se acabara de despertar. Y su cuerpo adoptaba una postura llena de sensualidad realzada por la visión del mármol ardiente de su seno.
De repente, como si un estallido de vitalidad propia de una niña retozona la impulsara, se levantó de la silla donde había estado admirándose y corrió a su cama. Saltó sobre ella y allí quedó postrada, entregándose por igual a la pereza y a la voluptuosidad de sus ensueños. Su piel competía con la seda de las sábanas. Parecía una ninfa dormida en la ribera de algún estanque placentero, o la encarnación de esas estatuas de hermafroditas donde se fundían las más sutiles formas femeninas de una adolescente con la firmeza de un efebo.
Aún era doncella. Se sabía deseada, incluso hasta extremos que habían llevado a un joven a quitarse la vida tras su desdén. Al mismo tiempo que acariciaba la almohada a la que se había abrazado y se movía con la dulce laxitud de la amante que provoca a su amado, pensaba en el momento en el que habría de entregarse a un hombre. No había en ella el incierto deseo ni el delicioso miedo lleno de impaciencia e incertidumbre propios de la joven que despierta a los misterios de los placeres carnales. Se solazaba, en sus jugueteos y coqueterías, con la idea de sentirse deseada, adorada, venerada con exaltación. El fervor de sus pretendientes, sus miradas llenas de lascivia, el furor que se engendraba en sus pechos, cuales nuevos Etnas, cuando ella desplegaba todos sus encantos era para su imaginación el mayor de los deleites. No tenía prisa en probar los dulces dones de Afrodita. Cuanto más se hiciera desear mayor sería su goce.
 Mientras se arrullaba mecida por tales ideas, notó como un sopor invadía su cuerpo, tal como si hubiera tenido un prolongado combate amatorio o como si se hubiera entregado a las libaciones del mejor vino. Un fauno después de una orgía no se hubiera sentido más agotado, ni sus párpados hubieran conocido un mayor peso que el de los suyos en ese momento. Se quedó profundamente dormida, desnuda, al amor del calor que su propia excitación generaba, mayor aún que la del potente brasero que había ordenado encender para entregarse a su contemplación.


*         *          *


Cuando despertó, un extraordinario desconcierto la embargaba. Creía que sólo había dormido unos pocos minutos, aunque se sentía como si hubieran pasado muchas horas. Estaba muy cansada, no obstante. Lo que sí se hizo en seguida patente fue el intenso frío que se agarraba a su cuerpo desnudo. La habitación estaba en penumbra. Se envolvió en la sábana. Fue inútil. Estaba aterida. Se sentía desfallecer. Sin duda, pensó, la puerta del balcón que daba al jardín estaba rota y se habría abierto. Eso explicaría el inusual frío que la atenazaba. Con un supremo esfuerzo se levantó. Dirigió su agarrotado cuerpo hacia la bata que había dejado en una cercana silla. Una vez cubierta, aunque se sentía igualmente helada, se abalanzó hacía la puerta del balcón. Descorrió las cortinas. La puerta estaba cerrada.
Era de noche. Una oscura noche en la que siniestras nubes negras como alas de cuervos tapaban casi por completo la luna. Sólo a través de leves jirones unos pocos haces de luz iluminaban el jardín. Le pareció todo tristísimo. Una angustia indecible se apoderó de la joven que poco antes se había acostado eufórica y llena de vida. Intentó, a duras penas, llegar al cordón que servía de timbre para llamar a su doncella. Sentía la agobiante necesidad de luz y de beber algo caliente que repusiera sus fuerzas perdidas. Buscó en vano. Un terror extraño, sobrenatural, se apoderó de ella. Sintió deseos de gritar.
-Será en vano que grites.
Una voz ronca, espectral, que parecía nacer de ella misma, sonó en la estancia. La joven quedó sobrecogida, inerte, ante aquellas palabras que la atravesaron como el frío acero de una daga traspasa el corazón.
-¿Quién es? ¿Quién ha dicho eso? Sea quien sea, márchese o mis criados lo echarán a patadas -balbuceó con la escasa convicción que le permitía el miedo que la dominaba.
-Es inútil -insistió la áspera voz en respuesta al débil hilo que había salido de los ahora pálidos labios de la bella joven. Y tan cavernoso sonido fue acompañado de algo que parecía el rumor de una basta y pesada tela arrastrándose.
Pocos segundos después, el corazón de la joven pareció paralizarse mientras caía de rodillas ante la visión que enfrente tenía. Una impresionante silueta se dibujaba contra la puerta del balcón, cuya inmensa negrura era débilmente iluminada por la luz de la luna. La figura avanzó pausadamente. La joven sólo podía percibir una vaga forma, enorme, que parecía llevar un hábito, y cuya cabeza era cubierta por un siniestro capuchón.
-¿Cómo ha entrado usted aquí? ¿Quién es usted? -gimió-. Márchese, se lo ruego.
La figura estaba fija, a un metro escaso. Permaneció así, muda, durante unos instantes. Sobrecogida, la hermosa doncella quiso gritar de nuevo. No pudo. Estaba al borde del desmayo cuando notó que la informe masa se movía. Indecible sería la impresión que produjo en ella el que de una de las cubiertas manos del intruso surgiera una llama, con la que encendió el cabo de una moribunda vela que llevaba en la otra.
A la débil luz que se esparció en derredor, se pudo apreciar mejor a aquél que había invadido el paraíso de juvenil felicidad y despreocupación de quien ahora yacía atónita ante lo que veía. No obstante, la misteriosa imagen, aunque tétrica, pareció a la inocente joven la de un fraile, lo cual la tranquilizó de algún modo.
-Hermano -dijo con cierta seductora candidez, largamente empleada en sus pocos años- no sé qué deseáis, pero mi padre estará encantado de tratar mañana por la mañana cualquier asunto que tengáis a bien proponerle. Es un hombre muy rico.
Un silencio sepulcral siguió a estas palabras en las que la adolescente Venus había puesto sus esperanzas de una feliz resolución a la aterradora e inexplicable presencia de aquel hombre que tanto pavor le infundía.
El silencio continuaba. Un silencio que parecía heraldo de una eternidad. Al poco, la vela se movió lentamente, como si flotara en el éter, en dirección a la enorme capucha. La que hasta entonces había sido una cara de extraordinaria belleza se desencajó de un modo atroz cuando la tenue luz iluminó la oscuridad que parecía albergar la capucha. Una calavera ocupaba el sitio donde ella esperaba ver un rostro. Su espanto fue como una lenta y dolorosa agonía.
“Debo de estar soñando”, pensó la joven. “Sin duda, me he desmayado y soy presa del delirio”. Pero aún fue mayor su impresión cuando desde el fondo de aquella calavera volvió a tronar la voz del Averno:
-Soy la Muerte.
Y los huesos de una sus manos, con un dedo alzado, se irguieron lentamente hasta apuntar hacia ella. Acto seguido, esa misma mano se dirigió a la vela y dos de sus dedos la apagaron.
-Ha llegado tu última hora…


*         *          *


 “No puede ser. Es imposible”, no dejaba de pensar la joven. Sin duda debía de tratarse de una pesadilla. Tal vez le estaban gastando una broma, organizada por algunas de las muchas personas que la odiaban encarnizadamente debido a la enorme envidia que suscitaba. Quizás algún pretendiente desdeñado… No, ella no podía morir. Era tan joven y hermosa. Había nacido en el seno de una de las más ilustres familias de la nobleza de la nación. Toda su vida hasta entonces había sido regalo y lujo, una total entrega a los placeres. Y le aguardaba un futuro envidiable como la reina de los salones de la capital, venerada cual una divinidad pagana.
La siniestra figura, respecto a la cual se resistía a creer lo que decía ser, permanecía inmóvil frente a ella. La tenue luz de la luna apenas dejaba ver más que una vaga forma. De repente, dos huecos de la atroz calavera se incendiaron con sendas brasas. Parecía como si aquellos infernales ojos dieran a entender la impaciencia que aquella estampa empezaba a manifestar. Nuevamente, la esquelética mano fue tendida.
-No, no puede ser real -balbuceó la joven-. No puedo morir: tanta belleza no merece desaparecer.
-Arrogante en la muerte como lo has sido en vida -tronó aquella voz de ultratumba, cuyo acento más allá de toda descripción disipó cualquier duda en la hermosa doncella.
-Os lo suplico, dejadme vivir. ¿Por qué yo? ¿Por qué no os lleváis a un anciano enfermo para quien la vida sea un suplicio? ¿Por qué no le dais descanso a algún pobre desgraciado agotado por los pesares de la existencia? ¿Creéis justo que a mi tierna edad deba ir al sepulcro? ¿Acaso nos apiadáis de mi juventud? ¿No os aplaca mi belleza?
-Yo no juzgo -resonó la voz aterradora en toda la estancia. Todos tenéis vuestra hora marcada. La tuya ha llegado. ¿Y no es mejor así? Quedará el recuerdo de tu belleza grabado en la memoria. No tendrás que padecer al ver cómo se marchita.
-No puede ser -repitió ella con una voz ahogada por el llanto. Y hundió su rostro bellísimo entre las manos, inundadas por amargas lágrimas. Por primera vez eran sinceras, fruto de auténtico dolor y real desesperación. Hasta ahora sólo había llorado a causa de rabietas tontas de niña mimada, por nimiedades, o como ardid de caprichosa que obtenía con lágrimas lo que las zalamerías y ternuras no podían conseguir.
 -Levanta -clamó la figura con voz más terrible que nunca-. Ya es la hora.
Se sentía incapaz de moverse. Desesperada, al borde del delirio, sólo aguardaba a que aquellas horribles manos huesudas la arrancaran del querido suelo de su paraíso para arrastrarla a las regiones de las que no se retorna.
De repente, y como fruto de la angustia que sentía, la imagen de aquellas manos sobre su cuerpo, unida al recuerdo de lo que poco antes había dicho, le hicieron concebir una esperanza. Su loca fatuidad, su descomunal soberbia, alumbraron en ella algo descabellado. Mas nada tenía que perder. Secó sus lágrimas, pasó sus manos por la áurea cascada de su cabello para componerlo, y se irguió.
 Curiosamente, el miedo da valor; la desesperación, temeridad. Miró fijamente a la Muerte, con aquella mirada tan ensayada que hubiera hecho temblar de deseo al más firme de los hombres, que hubiera hecho que el más poderoso de los reyes entregara un imperio por un instante de  placer. Inclinó levemente la cabeza y entreabrió los labios. Una voz hechicera, en la que la mujer se imponía  a la adolescente, nació de ellos:
-Tómame. Hazme tuya. Te entregó el tesoro de mi belleza a cambio de mi vida.
Nada más salir aquel fuego de su boca, la bata de exquisito raso resbaló por su cuerpo. Venus saliendo de las aguas no hubiera sido más seductora.
La oscuridad era casi completa. Pero daba la impresión de que aquel cuerpo que parecía cincelado por el más hábil de los escultores que jamás haya existido irradiara su propia luz. Y lo que se admiraba era una perfecta armonía entre la núbil candidez y un arrebato de concupiscencia. El rubor de las mejillas entraba en deliciosa contradicción con la sensual mirada. La blancura de la suave piel, que llamaba a la contemplación, peleaba con el furor que engendraban aquellas curvas dignas de Praxíteles. El firme seno de alabastro, las marmóreas piernas, las perfectamente torneadas caderas, el cuello de cisne…, todo invitaba a la más desaforada voluptuosidad, a la más rendida adoración.  
La inmensa figura permaneció inmóvil y muda. Transcurrieron unos segundos eternos. Aquellos ojos incandescentes seguían fijos en la joven, quien, temblando, dio unos vacilantes pasos y se acercó un poco más. Estaba a punto de desfallecer.
Una risa terrible explotó de repente. El pánico y la vergüenza se adueñaron de la hermosa muchacha, que tuvo un instante de flaqueza en el que deseó caer fulminada y acabar así con su padecimiento. La languidez que se apoderó de todo sus ser, expresada con un dulcísimo suspiro, se dibujó en su mirada de una forma infinitamente cautivadora.
Para su sorpresa, atroz sorpresa, la Muerte se acercó hacia ella.
-La vanidad y tu hermosura han vencido. 
Y la tomó entre sus brazos. Casi era un cadáver, de una palidez mórbida. Unas gélidas manos de hueso se posaron sobre ella. Con un estremecimiento que nadie podría comprender, sintió como esas manos paseaban por su cuerpo divino. Mientras una de ellas se posaba en su cadera, con la punta de los afilados dedos muy cerca del pubis, el otro acariciaba con brusquedad el seno. Aquel tacto en nada parecido a cualquier cosa que ella hubiera sentido antes, aquella presencia de ultratumba, estuvieron a punto de matarla. Un frío insoportable cubrió su cara cuando la calavera se acercó a su rostro y se posó sobre su cuello. El hedor que emanaba la asqueó sobremanera. De repente, de aquella cavidad inmunda surgió un susurro:
-Te concedo una demora. Esperaré a que tu belleza comience a marchitarse. Disfruta de tu belleza y posición en esos pocos años que te restan. Vivirás para perdición de muchos.
Esas palabras la horrorizaron, casi tanto como el pútrido aliento de quien las dijera. Aún más terrible fue lo que escuchó a continuación:
-Vivirás esta noche. Y otras más en las que podrás brillar en la sociedad que te idolatra y te detesta. Pero debo llevarme a alguien en tu lugar. Alguien cercano a ti…
El alivio por saber que su existencia no acababa esa noche y las caricias del orgullo triunfante por el éxito no fueron nada en comparación con la infamia y el asco que sentía. No sólo vendía su cuerpo tan vilmente, sino que compraba un poco más de vida a costa de otra. ¿Quién sería? ¿Acaso su doncella, de similar edad y de extraordinaria belleza también? Sintió una punzada de dolor enorme cuando pensó que sus padres podían ser sus sustitutos. Un último intento de su cobardía le sugirió que ellos darían con gusto su vida por ella. Y en ese momento se dio cuenta, como nunca antes lo había hecho, de lo mucho que los quería. Imágenes de su niñez aparecieron ante su ojos: los tiernos juegos infantiles con su padre; la dulce mirada de su madre, cuyos ojos azules había heredado, mas sin esa celestial bondad que ella poseía. Todo lo fútil de su existencia se le reveló en aquel instante, como una luz de arrepentimiento entre las sombras de su alma engreída. “Soy un monstruo de vanidad”, se dijo por primera vez en su vida, “pero bien sabe el Cielo que no soy malvada”.
-No. Jamás.
Gritó con toda la fuerza que pudo. Y esta vez su voz sí emergió de su pecho con vigor, con el mismo que le había sido negado desde que viera a la infame figura que la sujetaba ahora. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se deshizo de las garras de su captor y fue a caer a un rincón de la estancia.
-¡Dios mío, ayúdame!
Y su ruego no fue vano, pues la inspiración divina le hizo recordar aquel tríptico que su madre había insistido en colocar en la habitación, a su pesar, entre tantos inútiles objetos exóticos y refinados que la moda y las costumbres de la época, en definitiva, la estupidez humana, le habían llevado a apreciar tanto.
Desnuda, casi muerta, se arrastró hacía el tríptico, cubierto con una gasa como pequeña concesión al decoro en sus momentos de éxtasis contemplativo de su belleza. Cuando la tela cayó, se pudo ver, en el panel central, a la Virgen, que sonreía su amado Hijo, con la dulce pena de la Madre que conoce el glorioso destino del Crucificado.
-¡Virgen mía! Perdóname y llévame contigo. No quiero vivir -suplicó la doncella-. Protege a mis padres y que me recuerden con amor y sin la pena de la vergüenza de haber engendrado a una pecadora como yo.
Tras esta súplica, de rodillas y con las manos implorantes, la joven comenzó a rezar. Si antes parecía una Venus, ahora se asemejaba a una Magdalena penitente. Nunca había estado tan hermosa.
El consuelo que había sentido al contemplar el rostro de la Madre Celestial se trocó en un agudo dolor cuando las garras de la Muerte se aferraron a sus hombros.
-Si no has de cumplir tu parte del trato yo no cumpliré la mía. Tu tiempo se ha agotado, al igual que mi paciencia -gritó aquella enfurecida y descomunal figura-. Te aguarda el Infierno. Allí sabrán apreciar tu hermosura durante toda la Eternidad.
Un espantoso chillido salió de los lívidos labios de la joven. Luchó aterrorizada por zafarse de las huesudas manos que se enganchaban a su cuerpo, como el gavilán sujeta a la paloma. Por más que se esforzaba, no conseguía evitar que aquellos horripilantes huesos la soltaran. Notó cómo era arrastrada, cómo la imagen de la Virgen se alejaba. Sus manos desesperadas se hincaban en el suelo. Un reguero de sangre y uñas rotas dejaban un espantoso surco mientras se la llevaban. Parecía como si cayese a un abismo; toda la estancia daba vueltas en su vertiginosa caída. Sólo el intenso dolor de las manos clavadas en su cuerpo impedía que se desmayase. Todo había acabado. El amargo sabor de sus lágrimas se mezclaba en sus labios con el más amargo aún de sus palabras de despedida.
-Adiós, amados padres. Adiós, amada familia. Para siempre adiós.
Unos golpes lejanos, cuyo eco apenas percibía, la sacaron por un momento de su triste estupor. De repente, oyó un golpe más fuerte, como el del crujir de la madera. Ruidos, voces, confusión. “Que espantoso delirio”, se decía la joven con las últimas fuerzas de su ser. Pero el dolor había desaparecido. Ya no sentía las gélidas manos que la habían estado atormentando. En su lugar notó unos fuertes brazos que la levantaban del suelo. La suavidad del raso cubría otra vez su cuerpo. Unos besos infinitamente más suaves, su rostro.
Cuando abrió los ojos, cerrados al no poder soportar la vorágine de su caída, se encontró con que otros de un azul tan claro como el cielo le sonreían. Una voz grave y poderosa, pero reconfortante, llenó el espacio: “Cuantas veces tendré que decir que no se encierre aquí con este brasero infernal y todos estos potingues olorosos”. Jamás una reprimenda, antaño mal soportadas, le sonó tan bien. Aquellas palabras, dichas por alguien tan querido, fueron para ella música celestial.
A pesar de la reconfortante presencia de todo aquello tan querido, se sentía morir. Una leve brisa nocturna vino a aligerar la sofocante atmósfera de la estancia. Sus labios sintieron el frescor del agua. Ya no tenía frío. No tenía miedo. Las fuerzas la abandonaron. Sólo pudo percibir débilmente unas palabras, dichas por la voz familiar y querida de antes: “Avisad al doctor S… Rápido”. Se desmayó. Pero antes de caer en las penumbras de la inconsciencia, con inusitado poder sintió que la vida volvía renacer en ella. Una nueva vida.


*         *          *


Durante algo más de un mes, la joven permaneció en cama. Aunque estaba fuera de todo peligro, el trance en el que se había visto la dejó sumamente débil y maltrecha. El doctor que la atendió, buen amigo  de la familia, certificó que había estado a punto de morir asfixiada por culpa de aquel brasero y de su imprudencia, lamentable suceso que ocurría más habitualmente de lo que cabía esperar. Lo que le extrañaba era el exacerbado estado de agitación nerviosa en que la joven quedó, incluso después de que los efectos de la inhalación de gases tóxicos hubieran pasado y su salud quedara restablecida. Era atacada con frecuencia por accesos febriles y delirios en los que decía cosas inconexas cuyo significado quedaba fuera del alcance de sus cuidadores. "Pesadillas", afirmaba el buen doctor.  Sin duda, pensaban, la fuerte impresión por haber estado tan cerca de la muerte había afectado poderosamente a la delicada niña.
 Ni que decir tiene, el suceso fue largamente comentado en los más selectos círculos sociales. Y no está de más mencionar que las muestras de pesar dadas a la familia fueron tan numerosas como insinceras. La posición, fama y hermosura de la joven no la salvaron del escarnio con el que buena parte de esa sociedad se relamió, en especial entre las féminas de similares edad y encantos. Y no faltaron quienes abiertamente mostraron con inusitada crueldad el placer que el incidente les produjo.
 Una vez recuperada, y con los nervios más templados, la joven fue autorizada a salir al jardín y a dar, ocasionalmente, algunos paseos. Aunque la recuperación fue completa, la inquietud no abandonó la casa paterna dado el cambió que se observó en la antaño jovial muchacha, ahora taciturna y reservada. Huía de todos, menos de su familiares más cercanos, y se entregaba a largos momentos de silencio en los que la mirada quedaba perdida, como si estuviera absorta en la contemplación de algo que nadie acertaba a adivinar.
Pasados unos pocos meses más, cuando parecía que una relativa normalidad había vuelto a reinar en la casa y, por supuesto, la sociedad distinguida había encontrado otros trascendentales asuntos con los que perder su mucho tiempo de ocio, la familia desapareció. A todos extrañó aquella marcha. Y más  extrañó que los padres retornaran a su mansión sin su hija, de la que nunca más se supo. Las habladurías se dispararon y todo tipo de invenciones, algunas descabelladas, surcaron los salones: hubo quien dijo que la joven había sido internada en un manicomio; otros afirmaron tajantemente que sabían de buena tinta en qué convento había tomado hábitos, y fueron unos cuantos los que se disputaron, según el buen juicio de aquella sociedad, el honor de su presencia. Por descontado, no faltaron las novelescas invenciones según las cuales la coqueta se había fugado con el calavera de turno, y se citaron a culpables del más diverso pelaje, para vergüenza y consiguiente repudio de la familia. Su posición, fama y hermosura no evitaron un pronto olvido.
Los padres murieron pocos años después. No tenían más hijos. La fabulosa herencia, salvo lo que se dejó a ciertos parientes, fue destinada a obras de caridad. La última voluntad de ambos fue la de ser enterrados en cierto convento del  norte del país, el cual, según se rumoreaba, recibió una notable parte de dicha herencia.
Si alguien quisiera visitar aquella fría y brumosa región, y se tomara la molestia de invitar a algunos de los más ancianos del lugar a refrescar su memoria con alguna bebida espiritosa, podría escuchar la profunda impresión que, siendo niños, les producía la anciana solitaria que vivía como una ermitaña en una casucha anexa al monasterio. Aunque su aspecto les daba pavor, no obstante ser considerada como una especia de santa por sus mayores, aún recuerdan con cierta emoción el efecto que producían en ellos sus ojos azules llenos de inefable dulzura, como un mar de bondad en medio de una cara surcada de arrugas y desfigurada por los estragos de la edad y las muchas privaciones.


*         *          *


Aquí terminó su relato aquel enjuto y misterioso marinero. Acercó a la boca el pichel y dio un largo trago al brebaje que había de pasar por ron. A continuación, la pipa tomó el relevo en aquellos finos, casi imperceptibles, labios y en pocos segundos una azulada y fragante nube de humo cubrió su rostro.
Quedamos en silencio. Aún resonaban los ecos de su aguardentosa voz, que tan vivamente había narrado aquel suceso, sin duda alguna leyenda o cuento de marineros, por mucho que me hubiera insistido en que lo iba a contarme era cierto. Yo estaba impresionado por lo oído, mas me pareció poco oportuno interrumpir el beatífico momento de la fumada para preguntarle donde había aprendido el relato. El viejo marinero, que pareció haberme leído el pensamiento, dejó su pipa holandesa y clavó en mí sus ojillos maliciosos:
-Sin duda, querido amigo, se preguntará cómo he llegado a conocer estos hechos que le he narrado, tan ciertos como que estamos aquí los dos bebiendo y fumando. Si quiere saberlo, y creo que le interesará aprender algo de la lección que le regalo, será mejor que me traiga otra ración de este infame bebedizo. Mi garganta está seca.
Como me resultó graciosa la treta usada para seguir bebiendo de balde y sentía verdadera curiosidad por oír más invenciones de aquel viejo truhán, me levanté de la mesa y fui a por otra ronda. Cuando volví, la masa de humo azulado y su curioso morador habían desaparecido. Pregunté al borrachín que yacía en una mesa cercana si había visto a mi compañero. Me miró como quien mira a un loco y se desplomó encima  de la mesa. Nadie pudo decirme nada de aquel marinero que una hora antes me había abordado para contarme un fabuloso y cierto suceso. Sólo puedo decir que era extranjero, como yo, en aquel puerto que prefiero no mencionar. Aunque no me lo dijo, logré saber su nombre o, al menos, parte de él, si es que su nombre era el que estaba grabado a fuego en el cañón de su pipa: Rijs I. Peuterm… El resto no lo distinguí bien
No volví a saber nada de él. Y aún no termino de comprender por qué aquel enjuto y misterioso marinero me abordó para contarme tal cuento y luego marcharse tan misteriosamente como apareció. Sólo puedo decir que tras el enigmático suceso, avatares que no vienen al caso me llevaron a abandonar la disipada y temeraria vida que hasta entonces llevaba. Después de peripecias diversas que tal vez algún día cuente me decidí a encerrarme en mi solitaria Torre y desaparecer del mundo.